::: Relato: Las horas mirando por la ventana
Me pasé así varias horas, mirando por la ventana. Veía luces, muchas luces, rojas, verdes y amarillas. Veía también un parque en el que los árboles, altos y esbeltos no paraban de moverse y por el que paseaba gente, bueno, parejas abrazadas para taparse del frío, que aunque muchos dicen que aquí no hace frío, esa noche era fría, fría de llevar un plumas y unos guantes negros de lana como complemento.
Pegada a la ventana estuve más de dos horas mirando todo lo que alcanzaban mis ojos con gafas. Afortunadamente la altura era un séptimo piso lo que permitía ver más luces al fondo del paisaje.
Esa noche cené poco. Un sándwich relleno de mil cosas entre las que había tomate, un ingrediente que me da un poco de repelús y que me quitó parte del apetito nada más verlo y de postre una tarta de mora que me engaño. La nata no era nata de verdad, era merengue. ‘Malcené’ como dice mi madre y entonces volví a la ventana.
Mientras disfrutaba de mi “colacao” y oía los anuncios de perfumes que salían por la tele, seguí mirando a través del cristal. Esta vez observé las dimensiones de un gran anuncio colgado en la fachada del edificio de enfrente. Que tamaño. Madre mía. Que tamaño. ¿Por qué tan grande? Ah, ya sé. Para leer la letra pequeña. Esta vez es posible pero de cerca porque aún sigue siendo pequeña.
Podía haber estado ahí toda la noche mirando las luces y el trajín de la calle pero se estaba mejor en la cama al calor de unas sabanas ásperas a las que me acostumbré con ocho horas de sueño.
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Suele ocurrir que el cristal de la ventana es la pantalla donde mejor programación se puede encontrar. Y ya con un colacao…ni te cuento