::: Los cuentos de Leti
Una vez hace mucho tiempo, llegó a mi casa un estupendo ramo de flores, rosas para más detalle, con una tarjeta firmada. Fue el único detalle que he tenido en mi vida por San Valentín.
Nunca he echado de menos que me regalaran algo. A veces tengo cierta morriña que se ve aumentada cuando veo alguna peli moñas de esas que me gusta a mí, con Brad Pitt o Leo Dicaprio.
A lo que iba. Algunos días, cuando voy a tomar el café de las once, veo al firmante de la tarjeta. Pegado a la barra, con su bocadillo de torti y leyendo el periódico. No me saluda… no sé si porque me la guarda o porque ya no se acuerda de mi. Hoy, está casado, lleva un anillo en su dedo anular derecho, su mujer se llama Susana y todo esto lo sé porque tenemos viejos conocidos en común, no porque se lo haya preguntado.
Retomando el pasado, el ramo me lo quedé claro ¿cómo iba a devolvérselo? Lo coloqué como dice la costumbre, en un jarrón con su ración de aspirina para que durara lo que tenía que durar, una semana o algo así. Si se lo hubiera devuelto le hubiera sentado peor digo yo.
Conmigo fue una inversión a fondo perdido lo que hizo. Espero que no se gastara mucho dinero porque mi reacción se venía venir.
Tengo que admitir que San Valentín ni fu ni fa, pero año tras año recuerdo ese ramo de claveles amarillos.
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Ni fu ni fa, pero ya verás cuando te regalen el segundo ramo…