Observaciones impertinentes

No sé que pasa, que lo veo todo raro. Bueno, más bien veo a la gente como con actitudes extrañas. Más exactamente a las mujeres. Y eso que no son ni las 9 de la mañana de un día de entre semana y no he bebido. Hoy las chicas me miran por la calle según paso a su lado. Simplemente, asombroso.

Alguna me ha mirado fijamente a los ojos y he evitado su mirada airado. Otra me ha parecido como que me lanzaba un beso. Aunque eso ha sido después de que una madre con sus hijos, camino de la escuela, me guiñara un ojo. Las sonrisas que me dirigen son desconcertantes.

áPusilánime de mí! nunca me había pasado algo así. Mira a esa, ¿que no se está pasando la lengua por el labio superior mientras me mira?… Joder, esto ya me está poniendo nervioso por no decir otra cosa. Esto es una broma de mal gusto que me gusta demasiado. Las miradas y los cuchicheos señalándome no cesan.

Mira tú por dónde quién mira a quién

Va a ser por eso por lo que hoy camino con decisión. Y es que hoy, me he afeitado. Ya lo decía mi madre, que así estoy más guapo… y el resto de las féminas opinan lo mismo.

áMecachis! Para ser bello hay que sufrir y para tener vello sólo has de ser tú mismo/a.

No se precupen por mis barbas. Es todo teatro e ideas del lado sano de mi cabeza.

Banda Sonora recomendada:

*[«Esta noche me voy a bailar» es una canción original de 1988 de Los Coyotes]

Un cigarrillo en el parque (Parte I)

Hacía un buen día. Frío, pero era un buen día de esos de febrero con el cielo azul y sol esplendoroso. Como venía haciendo desde hacía una temporada, sobre las cuatro-cuatro y media de la tarde este chaval de 16 años salía a darse un paseo. «A cuidar la línea». Lo de hacer deporte extenuante nunca había ido con él. Así que mejor ensaladita pa cenar todos los días y paseo por las tardes. Además, le venía bien salir de casa y darle vueltas a la cabeza. Tenía muchas cosas que pensar aunque tuviese sólo 16 años.

Antes de encaminarse definitivamente al parque habitual de sus paseos, entra en una minúscula tienda de chucherías con miles de bolsas de chuches, golosinas y juguetes baratos que llenan el escaso espacio del local desde el suelo hasta el techo. Con timidez y algo de culpabilidad, pide un Lucky suelto y un Happydent de menta. Entrega una moneda de 5 duros al señor de pelo completamente blanco que toda la vida ha llevado la tienda y no le devuelve cambio. 20 pesetas por el cigarrillo y 5 pesetas por el Happydent. A consumir uno después de otro. Siempre ha sido así y siempre lo será.

Camina a buen ritmo, con el estómago recordándole que hace nada que ha comido. Enseguida llega a la playa. Playa fluvial. No se puede esperar otra cosa de la meseta castellana. Gira a la derecha para adentrarse en una zona en pendiente más arbolada y menos transitada. Pasa en su subida una fuente de piedra de caño casi inexistente y chorro ridículo que hiede a hojas podridas y a limo acumulado durante años. Justo por encima de ella hay una vieja mesa-merendero metálica repintada mil veces y que ahora es azul celeste. Resopla al sentarse sobre la mesa y apoyar sus pies sobre uno de los bancos.

Llega entonces ese momento dulce de encender el Lucky en soledad. Lo prohibido. Lo secreto. La intimidad. Primera calada honda. Echar el humo por la nariz y la boca al mismo tiempo. Entornar los ojos por el sol que se filtra entre las ramas de los árboles sin hojas y por el humo que te rodea la cara. Ese mareo de los 16 con el tabaco.

¿Quién viene?

Mirando a nada, se da cuenta de que por el camino en pendiente que acaba de recorrer sube una figura. Entorna sus ojos de nuevo, pero en esta ocasión es para que sus ojos de miope ayudados por sus gafas le descarten una idea descabellada que le acaba de pasar por la cabeza. Exhala lentamente el humo de la última calada sin desviar su mirada del tipo que se va acercando y se queda con la boca abierta, exhalando nada.

El tipo también le mira y de vez en cuando vigila sus propios pasos en la subida, como si tuviese que asegurarse constantemente de que el terreno que pisa no se va a derrumbar. Sonríe según avanza. El chaval de 16 años sabe, está seguro de que la sonrisa es nerviosa. Del tipo «situación incómoda«.

No se oye otra cosa que el rumor lejano de la ciudad y un graznido de corneja tras el resoplido que el extraño ha soltado al detenerse frente al chaval. Se encorva y apoya las manos sobre sus rodillas, como si estuviese fatigado. Desde detrás de sus gafas mira con la misma sonrisa que le ha acompañado en la subida y habla al estupefacto chaval.

– Hola. – suelta con algo de temblor en la voz – Bueno… Ya sabes quien soy ¿no?.

El chaval asiente, hierático, con los ojos fuera de sus órbitas y con la boca cada vez más abierta al borde del desencaje de mandíbula. El recién llegado retoma la palabra.

– Yo, soy tú con 31 años.

[Continúa en » Un cigarrillo en el parque (Parte II)]

Tarde gris

No debí comer esas patatas con alioli y luego acompañarlas de ese cuarto de torta de jamón con tomate. Quién iba a saber que el bar estaba tan lleno y que me tendría que quedar en la barra con todos los pinchos a la vista. Y que tampoco tenían menú del día, qué carajo. No sé, como que había muy pocos locales hosteleros por esa zona y lo de comer de pinchos, como que me hacía. No me quería arriesgar a quedarme sin saciar el hambre de una dura mañana de trabajo. Que luego había que volver, como desgraciado currela de turno partido que es uno.

No debí salir del bar, pero es que hacía buen día. Sol caliente sin ser abrasador, hierba verde y fresquita en los jardines – de esa que ya predica el fin del verano – y ganas de conocer nuevos mundos hosteleros en esa terra ignota por la que deambulaba. Al final, resultó ser que no es que hubiese pocos bares-restaurantes-mesones-cafeterías, es que estaban muy escondidos.

No debí comerme todas las patatas fritas que acompañaban a los tres filetines. Sí, filetines, cañajos ellos, y tres eran, tres. No debí comerme los tres. El último, hasta me costaba. Quizá fuera por el pan tan rico que me pusieron para empujar las viandas y mojar en el moje.

No debí intentar lavar mi conciencia con una ensalada mixta de primer plato y un kiwi de postre. El problema de tener conciencia es que nunca se calma y siempre toca las narices.

Además, mi problema no es de conciecia, porque soy estúpido. ¿Qué coño hago con una barriga ahíta de sí misma y de nuevo en el trabajo? Tarde gris, amigo, aunque luzca el sol. Y aún diría más; tarde gris porque en la calle calienta el sol y aquí sólo hay aire acondicionado.

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áUn, dos, tres! áUn, dos, tres! Los párpados son enemigos, así que mejor no parpadear. Aunque piquen los ojos. Aunque el cuello se venza. Aunque… mmmh… ¿qué estaba diciendo?… esta tarde gris, o algo… ese sol que calienta… esas gentes paseando… mmmh… qué verdes colinas en las que el pastor me lleva a pasear mientras nos tomamos unas bravas viendo a Matías Prats en la tele…

Banda Sonora recomendada:

  • Me estoy quedando dormido x Hank – «áDios mío, Larry…! ¿Qué demonios es ésto?» (1999).
    http://www.seriezeta.com/k/recursos/musique/hank.dormido.mp3

PequeRelato nevado

Gentes preocupadas, agobiadas. Desde que los europeos «semos europeos» nos da por ahorrar. Esa hora que nos falta o esa hora que nos sobra – allá cada cual – cuando se acerca el invierno nos vuelve hoscos/as y cenicientos/as sin príncipe azul ni zapato de tacón acristalado.

Nieve Sentada

Así que un día de estos en los que el Arquitecto – el mismísimo Arquitecto – estaba ahí, a lo suyo, se le ocurrió una genial idea para que el pesado camino hasta el solsticio de invierno se hiciese más llevadero: la nieve.

Sí, hace frío de cojones – pensó el Arquitecto – pero, lo bien que hace de luminaria en estos días de poca luz y malas caras bien lo merece.

Banda Sonora recomendada:

  • Aleluya Europa x Transportes Hernández y Sanjurjo «Privilegios de tener una ocupación inútil» (2005).
    http://www.seriezeta.com/k/recursos/musique/THS.Aleluya_Europa.mp3

Otros PequeRelatos: PequeRelato lluvioso«Entras» PequeRelato I

Sensación

Busca esa sensación. La de verte un domingo, preferiblemente en invierno, a las cuatro de la tarde andando por las calles anchas y céntricas de una ciudad. Estás y quizá otra persona más en la lejanía o en alguna calle paralela. En los diez minutos que llevas andando a pie, sólo has visto un par de coches. A lo sumo, algún autobús urbano sin pasajeros.

Hay silencio.

Silencio de ciudad, silencio de rumor lejano.

Oyes perfectamente los sonidos que provoca tu marcha. Paso a paso. Clap, clap.

Sensaciones urbanas muy humanas

Ahora, busca el momento. Es ese breve periodo de tiempo en el que percibes sólo espacio. Es el instante que sobrecoge, porque tienes la sensación de que no hay nadie detrás de los muros y ventanas de los edificios que te rodean. Los coches aparcados podrían llevar allí desde hace mucho tiempo. La acera podría llevar años sin ser limpiada, pero ha llovido y la lluvia invernal la ha lavado y ha limpado los coches. Les ha quitado el tiempo de encima.

Sabes que durante ese lapso de tiempo no vas tener ninguna referencia a la existencia de más humanos que el sonido de tus propios pasos. No se oyen ni pájaros. Los edificios, los coches, los árboles, la acera ahora son huellas. Son lo que queda del arquitecto, del ingeniero, del jardinero, del albañil y también de los que alguna vez llenaron la calle con su olor, sus sonidos o sus voces.

Siente, en definitiva, el aturdimiento de ser durante un instante la única persona viva en el mundo. Siéntete protagonista de una película apocalíptica de los 70. Contempla el hermoso cadáver, recién aseado por la lluvia, de una civilización que vivió y que se extinguió sin darse cuenta de que había desaparecido. Sin darse cuenta de que había existido alguna vez.

Elvis lo decía, James Dean lo corroboraba y muchos cantantes lo cantaban: muere joven, deja un bonito cadáver.

Bodysnatchers domésticos

Le pasó el otro día. Lo estaba observando desde la cocina sin querer. Sólo había ido a por un poco de leche al frigorífico para hacerse un descafeinado después de haber fregado la cena. Miró hacia el salón y de repente se preguntó «¿Quién es ése?». No podía dejar de mirarlo. Parecía tan viejo. Bueno, tan viejo no; tan diferente. Intentaba recordar su voz, pero se le hacía extraña. Como si no correspondiese a ese cuerpo que veía entre penumbras desde la cocina. Si justo en ese momento hubiese hablado pidiendo que le acercase una cerveza o unas galletas con su voz, con la voz que realmente debería pertenecer a ese cuerpo, se habría derrumbado en el suelo de la cocina. Le temblaban las piernas. Se dio cuenta de que no podía mover los brazos. Se imaginó desde fuera. La puerta del frigorífico abierta, una mueca extraña en la cara, una mirada congelada en los ojos, un brick de semidesnatada en la derecha y una taza granate con dos ojos y una sonrisa en la zurda. Impertérrita, estática, sin ir ni venir. El motor del refrigerador se acabada de poner en marcha para recuperar la temperatura.

Casi le dolió doblar sus articulaciones, girar el cuello y ayudarse de la mirada para servirse ese poquito de leche. Tuvo que esforzarse en no volver a mirar hacia el salón. El sonido de palabras initeligibles de la televisión, atenuado por las paredes del piso, era un canto de sirena. Era la presencia de ese extraño que acababa de descubrir a pocos metros de ella. Tuvo que volver a mirarlo mientras cerraba la puerta del frigorífico. Ya no sentía pánico. Imaginó que suspiraba, pero no lo hizo. Su cuerpo aún no se había dado cuenta de que el pánico había pasado y ya sólo quedaba vibrante desasosiego.

Otro cigarrillo. Desde el salón llegó el olor del tabaco que se intensificó y volvió más desagradable por la humedad de la cocina recién fregada. Luego volvería a pasar la fregona. Total, sólo había pisado con las zapatillas de felpa. Estaba de espaldas a la puerta de la cocina mientras miraba sin ver como la sonriente taza con ese poquito de leche giraba en el microondas. Su atención estaba a su espalda. Hipersensible a cualquier cambio de temperatura en el ambiente o a cualquier microcorriente de aire. Se sentía tan expuesta como un mafioso sentado de espaldas a la puerta principal de un restaurante. ¿Cuándo oíria a la Tommy? ¿En la primera ráfaga o no oiría nada en absoluto?. Lo que no oía era la campanilla del microondas. La luz seguía encendida y la taza girando y girando como una cosa tonta. Por imitacion incosciente, giró su cuello a izquierda y derecha notando algún ‘clack‘ en las cervicales. Con disimulo, como si de una espía se tratase, oteó de soslayo la puerta de la cocina. Seguía sonando la tele. La tele es el silencio del siglo XX. Una casa tranquila es una casa con la tele encendida. Una casa triste es una casa sin tele. áTING! áDios, qué susto! Se tapó la boca. Creía haber emitido un gritito.

Mujer en proceso de

Según caminaba por el pasillo que comunicaba el salón y la cocina, se confirmaba su primera y desasogante impresión. «¿Será la luz? ¿Quién es él?» Parecía imposible. Según se apoyó en el marco de la puerta del salón se imaginó a sí misma como en una película. Ahí, en medio del contraluz que la oscuridad del salón y la luminosidad de los halógenos del pasillo creaban. En bata, con la cadera ladeada, sólo un pie apoyado y los brazos cruzados mientras sostenía la taza de descafeinado caliente. Una postura condescendiente con él. Pose de mujer fatal del cine negro. Pose, nada más que pose. La ansiedad le iba comiendo por dentro cada vez que pensaba «y ahora ¿qué?». Sentarse a su lado en el sofá. ¿Quién era?. Compartir cama, despertarse, ¿tocarse? ¿por qué? ¿cuánto tiempo llevaba así, sin darse cuenta?

Sintió un escalofrío cuando se sentó a su lado en el sofá y un flasazo de pánico volvió cuando él le dedicó una distraída y afectuosa sonrisa antes de volver a centrar su atención en la tele. No recuerda que ponían, pero recuerda que esa noche fue la de los ojos como platos y el cuerpo entumecido al lado de él. También recuerda haber tenido antojo de vainas durante la cena y que sus acciones desde aquel día se volvieron casi automáticas, robóticas y faltas de voluntad.

Proyección recomendada: The Invasion of the Body Snatchers – 1956